Martes, 19 de enero de 2021

la larga sombra del marxismo

Los enemigos del perdón

El marxismo ha ocasionado muchos males a la Iglesia. El primero fue convencer a muchos pastores de que no había que hablar de la vida eterna, porque si se insistía en eso se estaba colaborando con la clase opresora y haciendo de la religión el opio del pueblo. La consecuencia fue el silencio sobre lo esencial, que denunció Jean Guitton, y la desaparición casi total del horizonte de eternidad en la vida del hombre contemporáneo, induciéndole a un hedonismo salvaje porque, si lo único que hay es esta vida, "comamos y bebamos que mañana moriremos".

Después vino la aceptación de la violencia como medio válido para cambiar la sociedad y acabar con las desigualdades. Un amplio sector de los teólogos de la liberación dio por válida la teoría central del marxismo -la lucha de clases que conduciría a la dictadura del proletariado, como etapa inevitable para llegar a la sociedad sin clases, que es el paraíso marxista en la tierra- y justificaron, más o menos abiertamente, desde los movimientos guerrilleros en América hasta los atentados terroristas de grupos de izquierda en Europa.

Todo esto sufrió un duro golpe con la caída del muro de Berlín y el fin subsiguiente de la Unión Soviética. Se pusieron al descubierto sus vergüenzas y se vio que el paraíso comunista no había existido nunca y que todo era más falso que un decorado de Hollywood. Pura publicidad, en la cual ciertamente son grandísimos maestros, pues son capaces de vender humo como si fuera oro.

Pronto se reciclaron. En 1989 cayó el muro de Berlín. Dos años más tarde -y no fue casualidad la fecha-, el 8 de diciembre de 1991 se puso fin oficialmente a la Unión Soviética. Entonces buscaron nuevos motivos para llevar adelante su labor destructiva. Y los encontraron. Se estaba preparando el quinto centenario de la llegada de los españoles a América y vieron en eso su oportunidad. España se convirtió en la gran asesina y el odio hacia lo español empapó a buena parte de las clases dirigentes latinas. Ese odio se dirigió después a Estados Unidos, visto ahora como la potencia depredadora que sucedió a España en el expolio de los recursos del continente. La realidad no importaba cuando interfería con su discurso. Es decir, no importaba que los países más prósperos del continente fueran los menos comunistas y que donde el comunismo había arraigado -primero Cuba, luego Venezuela, Bolivia, Nicaragua- estuvieran hundidos en la miseria y en la represión, incluso contando con riquísimos recursos naturales. El odio hacia lo hispano y hacia lo norteamericano impregnó el alma de muchos en Latinoamérica, aunque los más de ellos no sabían que estaban siendo manipulados.

Pero todo eso sólo perjudicó en parte a sus grandes enemigos, los que les habían vencido y habían provocado el derrumbe de su "paraíso" en la tierra: Estados Unidos y la Iglesia católica. A ésta, le comían terreno las sectas precisamente porque los curas hablaban de política y de revolución en lugar de hablar de Dios y de la vida eterna. Pero todavía debían darle un golpe más, para ver si caía definitivamente. Un pilar esencial en el catolicismo es la fe en la misericordia de Dios; manipularon esa fe para volverla contra Dios, de forma que hicieron creer que por ser Dios misericordioso ya no habría juicio, y por lo tanto, no habría condena alguna se hiciera lo que se hiciera; a continuación cayó en desuso el mismísimo concepto de pecado; es de mal  gusto hablar de pecados -excepto de aquellos que son políticamente correctos, como la corrupción, la pederastia, los delitos ecológicos o el racismo- y si no hay pecado no hay por qué pedir perdón, y si no hay que pedir perdón no tiene sentido hablar de misericordia. De este modo, a partir de la misericordia se acabó con la misericordia. No tengo que pedir perdón a nadie y nadie tiene que tener misericordia de mí, porque no he hecho nada malo. Y esto vale tanto para los pecados personales como para los colectivos, para los presentes como para los pasados.

Y así llegamos a la crisis actual, esa que empezó con la muerte de un negro en Minneapolis y que ha dado lugar al movimiento "Black Lives Matter" ("La vida del negro importa"). Rápidamente los neocomunistas manipularon aquella desgracia para crear un violento movimiento que ha sacudido Estados Unidos -y no sólo ese país- y que es un camuflaje más del comunismo.

La esclavitud fue espantosa, un crimen horrible, que fue practicada desde la antigüedad y que echó una mancha imborrable en la historia colectiva de países como España, Portugal, Inglaterra, Holanda y Estados Unidos, entre otros. La justicia hacia las víctimas y sus descendientes es inexcusable, pero no es justificable la violencia como forma de ejercer esa justicia. Lo que pasa es que Estados Unidos está en pleno proceso electoral y hay que derribar a Trump a cualquier precio; la izquierda mundial se ha coaligado para conseguirlo y se aprovecha de sus muchos defectos para lograrlo. El comunismo manipula los legítimos sentimientos de personas que son víctimas del racismo para generar la violencia y el caos, que es lo que han hecho siempre desde la revolución de octubre de 1917 en Rusia. Y, aunque en esta ocasión el principal objetivo es hacer daño a Estados Unidos, de paso quieren golpear una vez más a una Iglesia católica ya muy debilitada. Por eso derriban los símbolos católicos, como las estatuas de San Junípero Serra, que no sólo no fue esclavista sino que fue un verdadero protector de los indios. Y eso no sólo ha ocurrido en Estados Unidos, sino también en la tierra natal del fundador de ciudades como San Francisco o Los Ángeles, en Mallorca. Atacar al "Cristo blanco", como pide el líder intelectual del movimiento, Shaun King, que reclama la destrucción de "todos los murales y vidrieras del Jesús blanco con sus amigos blancos", porque son "propaganda racista", no va dirigido contra un tipo de iconografía concreto, sino contra el propio cristianismo. Incluso, de paso, va dirigido contra la pujante minoría hispana, que ya supera a la minoría negra -15% frente al 13%- y que la ha desbancado no sólo en el control de la distribución de droga sino también en la cultura y en los puestos de trabajo por los que ambas minorías competían. Si me cuesta trabajo comprender cómo el Partido Demócrata no ve que la violencia sin control es de origen marxista y va dirigida a hacer daño a su país y no sólo a cambiar a un presidente por otro, tampoco entiendo cómo los latinos que viven en Estados Unidos no ven que al derribar las estatuas de Colón o de San Junípero están yendo contra su cultura y su religión.

Y la Iglesia, ¿qué ha hecho? La respuesta ha sido tímida, quizá por miedo a una reacción más agresiva aún. Pero, sobre todo, ha faltado algo muy importante. Ha faltado recordar que San Juan Pablo II pidió perdón por los pecados de los católicos -no sólo de la jerarquía católica- cometidos durante el segundo milenio, entre los cuales estaba la esclavitud. Y ha faltado pedir a estos nuevos bárbaros que perdonen porque ellos también necesitan ser perdonados y porque el camino del odio que han emprendido no lleva más que a la destrucción, de unos y de otros. Es imprescindible volver a hablar del perdón a los enemigos -perdón que no excluye la justicia- y de la misericordia para obtener misericordia. ¿Pero cómo vamos a proclamar ese mensaje si nos han convencido de que no hay pecados y de que no hay que perdonar porque eso va en contra de la justicia?

Toda acción genera una reacción igual y en sentido contrario. Obligar, como se está haciendo, a personas blancas que van por la calle a que se arrodillen ante los negros y los besen los pies si no quieren ser golpeados, generará una reacción de violencia y aumentará el racismo. Sólo el perdón, de unos y de otros, sanará las heridas. Y eso, que se sanen las heridas, es precisamente lo que no quieren los enemigos de la Iglesia y de la humanidad.


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