Martes, 21 de mayo de 2024

la ciencia nació en la universidad cristiana

La ciencia y el cristianismo

Hoy nadie discute que la ciencia moderna nació con Galileo y Newton, que eran cristianos y desarrollaron su actividad en universidades cristianas. Por ello, es fácil concluir que, efectivamente, el origen de la ciencia es cristiano.

Siendo esto importante, aunque no suficientemente difundido, es mucho más interesante saber por qué la ciencia se desarrolló precisamente en un entorno cristiano.

 Ciencia es el estudio de aquella parte de la realidad que puede describirse mediante ecuaciones matemáticas, con ayuda de las cuales se pueden hacer predicciones certeras y comprobables. Por ejemplo, las leyes de Newton tienen una descripción matemática de cierta complejidad y permiten predecir con gran precisión hechos tan comprobables como son los eclipses. Así pues, la ciencia no pretende estudiar toda la realidad sino solo aquella que pueda describirse matemáticamente. Existen otras disciplinas, incluso disciplinas universitarias muy distinguidas como historia o teología que no son ciencia, porque ni tienen un desarrollo matemático ni predicen hechos comprobables. Naturalmente, el que no sean ciencia no quiere decir que no sean de fiar o que no nos ayuden a entender el mundo o la sociedad con gran profundidad.

Una vez visto lo que es ciencia, veamos como ha evolucionado el pensamiento occidental desde la filosofía griega al pensamiento científico.

Los griegos fueron los primeros que pensaron que el mundo era un universo ordenado, al que llamaron cosmos, y que ese orden permitía  que los hombres lo entendiesen.

El que el mundo esté ordenado y sea comprensible es el primer requisito para que haya ciencia. Un mundo sin reglas fijas no puede ser estudiado. Sin la confianza en que el hombre pueda entenderlo, nadie lo va a estudiar.

Desgraciadamente, los griegos no solo pensaron que el universo estaba ordenado, sino que el mundo existente era el mejor posible, y eso quería decir, por ejemplo, que las órbitas de los planetas debieran ser circulares por la sencilla razón de que la circunferencia es la curva más perfecta. Por ello, nunca sintieron la necesidad hacer experimentos para comprobar si su idea del mundo se ajustaba a la realidad. Ahora bien, sin experimentación no es posible la ciencia. Sin experimentos no se pueden formular leyes generales ni se puede comprobar que dichas leyes son correctas.

Más tarde, los árabes estuvieron a punto de crear la ciencia. En efecto, los árabes aprendieron la filosofía griega al entrar en contacto con los bizantinos. Durante un tiempo, la escuela teológica musulmana dominante veía compatible el islam y la filosofía griega, pensaban que el mundo estaba ordenado y se podía entender. Por otro lado, los árabes tenían conocimientos matemáticos avanzados que tan necesarios son para la ciencia. En parte los heredaron de los persas y, en parte los cultivaron ellos mismos. Además, los árabes mejoraron mucho la calidad del papel de origen chino, permitiendo con ello que la difusión de ideas y conocimientos fuera bastante eficiente de un extremo a otro de su inmenso imperio. Como es fácil imaginar, la libre circulación de conocimientos facilita enormemente el avance de la ciencia; hay mucha más gente pensando en un mismo problema y comprobando si lo que otros han pensado es cierto o falso.

Sin embargo, en el siglo XI, con el califato ya asentado en Bagdad, triunfó definitivamente otra escuela teológica rival, (la de Al Ghazali), según la cual, Alá  es, sobre todo, omnipotente.  Esta concepción de la realidad divina implica, en la práctica, que el vuelo de una flecha al ser disparada por un arco está siendo determinada por Alá en cada instante y Alá puede decidir tanto que dé en el blanco como que se vuelva contra el que la disparó. Es obvio que con estas premisas no puede haber ciencia, porque los acontecimientos no tendrían por qué seguir unas leyes fijas.


Con ello llegamos a las universidades cristianas de la edad media. Los cristianos ciertamente pensaban que el mundo estaba ordenado pues había sido creado por un Dios racional. Acostumbrados a discutir de teología, tenían suficiente confianza en el hombre como para aceptar que éste pudiera entender las leyes que regían el mundo. Sabían bastantes matemáticas porque las habían aprendido de los árabes y, además, los profesores circulaban libremente entre las distintas universidades, y con los profesores se ponían en común los conocimientos adquiridos en cada sitio. Lo único que les faltaba era darse cuenta de que para conocer el mundo había que experimentar.

Esta cuestión se solventó en el siglo XIII en la universidad de París. Lo que se discutía entonces en la Sorbona, no era, en principio nada científico sino una cuestión teológica. Se trataba de saber si Dios había hecho el mejor mundo posible o uno de los muchos posibles. La disputa se decantó en favor de la segunda hipótesis pues la omnipotencia de Dios era más compatible con el hecho de que Dios podría pensar en más de un mundo posible. La conclusión es que si el hombre quería saber como era el mundo que Dios había creado, el hombre tendría que estudiarlo. Tendría que experimentar. Y así mientras la idea teológica sobre la omnipotencia de Alá de la escuela de Al Ghazali impidió el desarrollo de la ciencia entre los musulmanes, la teología sobre la omnipotencia de Dios dominante en la Sorbona impulsó a las universidades cristianas a estudiar el mundo mediante la experimentación y, en definitiva, al desarrollo de la ciencia


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