Lunes, 13 de julio de 2020

indignidad

El Valle y la derecha vil

El oficio de historiador obliga a ver las cosas desde distintos ángulos y hasta con distintos prismas. En el fondo, se trata de despegarse de lo emocional para anteponer lo racional en el análisis y el relato. Y cuando la cercanía de los hechos o su fuerte carga nos lo impiden, caben dos actitudes: abstenerse de historiar o tratar de ponerse en la piel de aquellos que en principio no gocen de nuestra simpatía o adhesión. La sustitución de la historia por la memoria conlleva, entre otras consecuencias, la anulación de todas las cautelas metodológicas y éticas que los historiadores han erigido, trabajosamente, en torno a su quehacer. Victimismo, sectarismo y revanchismo son sus frutos necesarios.

Lo que ha pasado en el Valle de los Caídos tiene que ver con todo eso y con la bellaca propensión a complacer al poder, sea este el que sea. Casi todos los problemas de la Justicia, de la Universidad e incluso de la Iglesia, por mencionar algunas instituciones vitales, tienen que ver o acaban teniendo que ver con ello. La mentira y la corrupción que se han adueñado de la sociedad española se han extendido desde las instituciones porque estas son incapaces de señalar límites a un poder que, por su condición democrática, se cree con derecho a invadir cualquier esfera pública o privada.

Un jefe de Estado reconocido internacionalmente de forma unánime durante 35 años, de cuya acción de gobierno en esas décadas dimana la España nueva que hizo posible la Monarquía parlamentaria, el régimen democrático y la Constitución, puede ser extraído de su tumba de forma deshonrosa para ser trasladado, en contra del parecer de su familia y de la comunidad religiosa que rige el lugar, al sitio apetecido por los que fueron y son sus enemigos jurados. Veámoslo desde el ángulo contrario: se arguye que Franco no merece honores, pero sus enemigos de entonces gozan de calles, monumentos, y distinciones de todo tipo. ¿Consentiría la izquierda un trato semejante a cualquiera de sus referentes, por criminales, ineptos o canallas que hayan podido ser? ¿Por qué la derecha española, desde los monárquicos a las lindes de la socialdemocracia, cuyo fue el régimen franquista de arriba a abajo, calla y otorga ante esta orgía de odio? No es posible que sea tan estúpida que no comprenda que es a ella toda a la que se desea deslegitimar para siempre. ¿Hasta dónde alcanzan sus increíbles tragaderas, su suicida vileza?


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